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lunes, 4 de enero de 2016

Adiós 2015.

Al fin termina este maldito año. Podría resumirlo diciendo sencillamente que ha sido una auténtica mierda. Este año ha estado lleno de decepciones, desamor y múltiples agobios, los estudios no me han ido como me habría gustado y me he sentido más sola que nunca.
Pero con todas estas experiencias negativas he aprendido. He conseguido aceptar que, igual que las cosas llegan por sorpresa, por sorpresa también se van. También he logrado aclarar mi sexualidad tras meses de confusión y me siento muy orgullosa de ello. Y con todo lo vivido me siento una persona mucho más fuerte de lo que era el año pasado.
Sin embargo, a pesar de esto, hay cosas que no han cambiado.
Sigo siendo la misma gilipollas que lo da todo por los demás sin esperar nada a cambio y luego no recibe ni las gracias. Sigo ilusionándome en cuanto recibo un poco de cariño y se me engaña con demasiada facilidad, lo cual me lleva a sufrir más de la cuenta.
Sigo dejándolo todo a última hora aun conociendo las consecuencias de ello.
Sigo siendo una persona jodidamente negativa.
Pero, ¿sabéis qué? Esto va a cambiar. Tengo decenas de propósitos para este año que acaba de iniciarse, pero hay uno en particular que quiero cumplir. Tras todas las decepciones que sufro por culpa de ciertas personas he decidido preocuparme por mí y nada más que por mí. Y a los demás que les den.
Así que termino esto de forma muy distinta a cómo empecé. Gracias a ti, mamá, por apoyarme cuando más lo necesitaba. Y gracias a esas personas que me habéis decepcionado, habéis hecho de mí alguien más fuerte.
Comencemos este 2016 desde cero y a por todas.

-NN

viernes, 10 de julio de 2015

Vuelve.

Mi cabeza es un puto caos.
Nunca volveré a tener tus besos. Ni tus abrazos. Ni tus cosquillas, ni esas miradas, ni las risas que pasábamos juntos. Ya no queda nada de eso.
Y dueles. Dueles mucho.
Todos esos planes de verano, jugar juntos, tocar el ukelele (o intentarlo), viajar, volver a jugar. ¿Dónde coño se han quedado? ¿Seré tan despistada como creo y los habré perdido por el camino?
Sigues doliendo, doliendo mucho.
Porque sigo queriéndote como el primer mes, sigo embobándome con aquella foto de la que me enamoré y aún me toco los labios esperando que los tuyos vuelvan a humedecerlos.
Y continúas doliendo, joder.
Nadie sería capaz de imaginar las ganas que tengo de escribirte un simple "qué tal", no sé. Mostrarte que sigues aquí, en mis pensamientos.
Y no has dejado de doler.
Supongo que no queda otra que esperar a que alejes tus putas manos de mi corazón y le dejes volver a mi pecho, aunque el vacío que me has dejado no va a volver a llenarse jamás.

sábado, 18 de abril de 2015

Postre.

Podría decir que me siento el segundo plato de todo el mundo. Pero estaría mintiendo. El resto de personas son el menú completo y yo, bueno, yo soy ese último postre de la carta que nadie coge. Ese postre que es solo la opción de aquellos que no consiguieron llenarse del todo con el resto de comida. Siempre habrá algo mejor que yo y creo que he conseguido acostumbrarme a esa sensación. Puede que esto sea un texto de mierda escrito a la 1 de la madrugada, pero así es como me siento ahora mismo y pocas cosas conseguirán cambiarlo.

viernes, 18 de octubre de 2013

Solo una palabra: Muse.

Estoy enamorada de Muse. Y no solo de la banda en sí, estoy enamorada de cada una de sus letras, cada acorde, cada canción, cada disco. Cada segundo escuchándoles es un segundo perfecto. Pero, ¿sabéis qué? No me gusta considerarme muser. No tengo pósters suyos colgados por mi habitación y llenando mis paredes. Solo tengo uno de sus discos, Showbiz, que fue un regalo de una persona muy especial para mí. No estoy al tanto de absolutamente todas sus noticias ni les escribo tweets. Tampoco tengo mi armario con camisetas suyas.
Sin embargo hay algo que sí tengo: la enorme sensación de su música corriendo por mis venas. Son las únicas personas capaces de cambiar mi estado de ánimo por completo en tan solo un par de minutos. Solo tengo que poner una canción suya y dejar que todo fluya dentro de mí. Cuando su música entra por mis oídos no son solo notas y voces lo que escucho sino que siento unos impulsos increíbles de ponerme a cantar, aislarme del mundo y quedarme para siempre en mi habitación encerrada con sus canciones. Es un sentimiento increíble e indescriptible el de escucharles, me dan una fuerza que pocas cosas me dan en esta vida y me animan a seguir adelante.
Y por último, ellos han logrado crear uno de los mayores sueños que he tenido jamás: verles en directo. Prometo que no voy a parar de luchar para conseguirlo.
Matt, Chris, Dom: sois perfectos.

-NN.

martes, 11 de junio de 2013

El tiempo.

Qué bonitas son las relaciones. Todo el mundo lo dice, ¿a que sí? Pues no, las relaciones no son tan bonitas como pueden parecer, en realidad es una historia muy diferente.
Al principio todo es increíblemente maravilloso. No piensas en otra persona, solo piensas en las horas que os faltan para estar juntos, cualquier minuto en el que no habláis te parece una eternidad. Es todo tan increíble que el tiempo pasa casi sin darte cuenta y las noches hablando con esa persona se te hacen demasiado cortas. Os faltan horas para hablar y estar juntos.
Pero claro, esto es al principio. Pasan los meses y las cosas van cambiando poco a poco. Todo ya no tiene ese color de rosa que tenía antes. Pero bueno, ¿qué mas da? Amas a esa persona y te da lo mismo el tiempo y la rutina, eso no lo cambiarías por nada.
Después ya nada es lo mismo. Llegan las rayadas, las noches interminables pensando en lo que la otra persona puede estar haciendo sin que te des cuenta, las contestaciones bordes, las discusiones por cosas insignificantes. Al final llega el día en el que te das cuenta de que esa persona ya no es tan necesaria en tu vida como antes, te paras a pensar y te das cuenta de que puedes pasar un día entero sin hablar sin problemas.
Y cuando menos te lo esperas esa persona habrá desaparecido de tu vida. Habrá pasado de ser un todo a ser una historia del pasado. Parecerá que se ha ido de repente pero en realidad no ha sido así. Poco a poco os habéis ido alejando sin daros cuenta. Duele cómo el tiempo cambia las cosas, ¿verdad?

-NN.

viernes, 10 de mayo de 2013

Distancia.

Mi cuerpo añora tus caricias y mis labios extrañan tus dulces besos. Mi corazón ya no está en su sitio porque te lo llevaste el último día en el que pude saborearte. Mis días se han transformado en una gris y monótona rutina que no tiene fin, ya no tengo ganas de levantarme cada mañana. ¿Para qué voy a abrir los ojos? ¿Para darme cuenta de la realidad y volver a caer en llantos amargos? A cada sábado que llega cuento inconscientemente las horas que me faltan para verte pero, en cuanto me despido y llega la hora, me percato de la realidad y me doy cuenta de que no son horas lo que quedan para poder abrazarte de nuevo, son semanas. Semanas eternas que no tienen fin.

-NN.

viernes, 15 de febrero de 2013

Mátame.

Salía de mi actuación en el teatro Broadhurst. Eran las siete y media de un 14 de diciembre y el cielo se encontraba más oscuro de lo habitual. Mi móvil sonó y no me dio tiempo a cogerlo. Vi que había sido mi madre, que me había llamado 18 veces. La llamé y respondió con rapidez.
- ¡Jane!- me gritó sollozando- ¿Dónde estás?
- ¡Mamá, tranquila! ¡Estoy bien!
Una señora que pasaba por mi lado en aquel instante me miró sorprendida al escuchar mis gritos.
- ¿Hoy tenías la actuación? Es verdad, lo siento hija. Esto es por culpa de tu padre, me tiene enferma.
- Bueno, ahora hablamos mamá. Llegaré lo antes posible.
- Vale, hija.
- ¿Está papá en casa?
- No, aún no ha vuelto y no me coge el teléfono. En fin, hasta ahora. Te quiero.
- Adiós mamá, te quiero.
Colgué y me senté en la parada del autobús. Aquella tarde la ciudad tenía un aspecto fantasmagórico. Me quedé pensando en mi padre, Royce Williams, un alcohólico obsesivo. Hace años, mis padres tuvieron una fuerte discusión. Mi madre le echó de casa y, tras unos días, él volvió disculpándose. Ella le perdonó, pero el ya había comenzado con su adicción. Ya no era el mismo hombre que era antes. Salía de casa por la tarde y no volvía hasta horas muy altas de la noche, pero eso no era lo peor. Había adquirido un odio muy extraño hacia mí. A veces me miraba y, cuando yo le devolvía la mirada, el mantenía sus ojos clavados en los míos, como retándome. Me pareció un poco patético al principio, pero la situación ya estaba tornándose un tanto desesperante.
Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no me di cuenta de que el autobús ya había llegado. Tuve suerte porque subí justo antes de que se fuera.
- Un billete, por favor.
- Aquí tienes. ¿Qué hace una chica como tú aquí, a estas horas?
- Lo siento, pero no es asunto suyo.
Cogí el ticket y me dirigí a los últimos asientos. No entendía por qué algunas personas podían llegar a ser tan cotillas. Diez minutos después llegué a la parada más cercana a mi barrio. Aún me quedaba un buen rato andando ya que mi casa se encontraba en la periferia de la ciudad. Así que cogí un atajó por un callejón. Aquel lugar nunca me había producido buenas vibraciones, pero merecía la pena ir por allí. De repente una voz masculina me gritó:
- ¡Eh, niñata! ¿Qué haces en mi calle? ¡Sal corriendo o te disparo!
Eché a correr, pero el hombre se encontraba delante de mí con un arma en la mano.
- ¡Se acabó! No te aguanto más. ¡Te he avisado!
Mientras hablaba apretó el gatillo. Cuando quise echar a correr de nuevo, ya era demasiado tarde. La bala había atravesado mi pecho, haciéndolo sangrar. Empezó a dolerme todo el cuerpo y los pulmones no me permitían coger aire. No podía respirar. Dejé de sentir las piernas y acabé perdiendo el equilibrio. Los oídos me pitaban y se me nublaba la vista. Tras unos segundos de terrible agonía, perdí el conocimiento y me quedé allí tirada en el suelo. Sola. En medio de un sucio callejón.

Desperté en una sala verde de aspecto bastante tétrico. Mis brazos estaban llenos de agujas y tubos por los que discurrían una infinidad de líquidos. A mi alrededor había por lo menos diez máquinas que producían ruidos extraños cuya función desconocía. Justo en ese momento entró una mujer con bata blanca y unos papeles en la mano. Detrás entró una mujer rubia con expresión de preocupación. Mi madre. La chica de la bata salió y nos dejó solas.
- ¡Hola, cariño!- dijo sonriendo y acariciándome el pelo.
De pronto recordé todo lo que estaba ocurriendo. El desgraciado que me disparó...
- Tu padre no ha venido. Le conté lo ocurrido y pareció no importarle.
En ese momento entró una doctora.
- Señora, véngase conmigo. Tiene que rellenar unas cosas.
- Por supuesto, doctora.- ahora se dirigió a mí- Descansa mucho, ¿eh?
Le sonreí y asentí con la cabeza. No quería hablar con nadie, así que cerré los ojos e intenté dormirme. Me habría encantado que aquel imbécil me hubiera matado porque yo ahora estaría descansando en paz. Pero no, mi estupenda suerte me dejó malherida y sufriendo por su culpa.

Tras tres meses de pruebas y comidas de hospital me dieron el alta. Aunque parezca extraño me habría quedado toda la vida allí. En un hospital vives seguro, sin miedo a que alguien te pegue un tiro o te clave una navaja. Allí siempre hay alguien dispuesto a ducharte, a darte de comer o incluso a mullir la almohada de tu cama. Ahora no estaba bajo esa seguridad, ahora estaba a merced del peligro.
Al contrario que yo, mi madre era la mujer más feliz del mundo. Solo le faltaba caminar dando saltitos. Subimos al coche y, como de costumbre, ella rompió el silencio.
- ¡Bueno, Jane! Supongo que estarás harta de esa bazofia de hospital, así que te voy a hacer uno de tus platos favoritos... ¡Arroz con setas!
- ¡Genial!- dije intentando parecer feliz- Gracias, tú sí que sabes hacerme feliz.
- Pues claro que sí. Soy tu madre, ¿cómo puedes dudarlo?
- No, no dudo. No me comas.- reí fingiendo de nuevo.
- ¡Mira! Ya estamos en casa.
Bajamos del coche y llegamos a la puerta. Crucé los dedos para que mi padre no estuviera, pero allí se encontraba. En "su sofá". Ni me saludó, ni una simple sonrisa. Ni se limitó a mirarme. Se había convertido en una persona repugnante. Casi le odiaba.
- Mamá, me voy a mi cuarto.
- Vale, Jane. Te aviso cuando te haya hecho la comida. Y mira en tu cajón, te ha llegado correo.
¿Me había llegado correo? Qué raro. Me metí en la habitación y cerré el cerrojo. No me encontraba segura con ese alcohólico cerca. Abrí el cajón de mis cosas y cogí el sobre que estaba encima de mi diario. Examiné la letra del sobre, pero no logré reconocer nada. Lo abrí con cuidado y saqué la carta, arrugada y con los bordes doblados.
"Tuviste suerte la primera vez. No esperes sobrevivir a la segunda. Adiós."
Me quedé helada. Aquel que me disparó conocía mi dirección. Aquello me pareció demasiado y estuve a punto de llamar la policía para terminar con esa pesadilla. Pero primero necesitaba una ducha relajante. Me encerré en el baño, me desnudé y me metí en la ducha. Encendí el grifo y me puse debajo del agua caliente. Permanecí inmóvil unos minutos hasta que la ducha empezó a causarme claustrofobia. Salí y me puse una toalla. Mientras me estaba secando sentada en el suelo, mi móvil empezó a sonar. Lo cogí.
- ¿Diga?
- Jane, querida. ¿Eres tú?
Aquella voz me resulto extrañamente familiar. Tan profunda, tan grave... Daba miedo.
- Sí, soy yo. ¿Qué ocurre? ¿Quién eres?
- No ocurre nada. Y no te voy a decir quién soy... Adivínalo.
- Mira, si estás intentando vacilarme te aviso de que no tiene ninguna gracia.
- Mira, niñata. A mí me hablas con respeto. ¿Me vas a escuchar o qué?
Me senté en el suelo de nuevo, temblando.
- Sí, yo le escucho.
- Jane, yo... Te conozco más de lo que crees, muchísimo más. Como supondrás si eres un poquito espabilada, yo soy el que te disparó. Solo te llamo para avisarte de que la segunda vez que nos encontremos no correrás la misma suerte que la primera.
Me quedé mirando al vacío. No sabía qué hacer.
- ¿Y usted qué quiere de mí?- sollocé- ¿Por qué me hace esto?
Demasiado tarde, había colgado. Se acabó, iba a dar cara a ese inútil. ¿No se daba cuenta del daño que me estaba causando? Tenía que averiguar quién era esa persona. Iba a poner fin definitivamente a esta pesadilla. Pero el primer problema era hacer que mi madre me dejara salir. Fui a la cocina planeando lo que iba a decir. Mi madre me miró y me dijo:
- Cariño, no tengo setas. No puedo hacerte el arroz.
- No pasa nada, no te preocupes. Por cierto, ¿podría salir un momento a la calle?
Tardó unos segundos en contestar, lo que me puso un poco nerviosa, pero por fin me respondió.
- No sé, está oscureciendo. Y me da miedo que te pase algo.
Mientras pensaba en qué excusa darle para que me dejara, alguien muy poco usual me defendió. Ese hombre que se hacía llamar "mi padre".
- Margaret, ¿por qué no dejas de ser tan paranoica? ¡Deja salir a la pobre muchacha!
Mi madre puso cara de pocos amigos y le dedicó una mirada de rivalidad. Los dos parecían muy dispuestos a enzarzarse en algo que acabaría en bronca.
- ¡Yo no soy ninguna paranoica! ¡Y deja de llevarme la contraria en todo! Me tienes harta, joder.
- ¡Aquí la única persona harta soy yo! ¡Porque estoy harto de ti! No entiendo como tienes así a la niña, sin libertad. ¡Das asco!
- No des la vuelta a las cosas, Royce. Solo intento protegerla.
- Entonces no la dejas, ¿no? Pues la dejo yo. Jane, sal si quieres.
Hay momentos en los que uno no sabe de qué lado ponerse. Pero tuve que hacer caso a mi "padre" y salir, a pesar de que me doliera en el alma. Desde la calle podía percibirse el ambiente de tensión procedente de mi casa y se escuchaban los gritos de la discusión. Si me quedaba allí acabaría volviendo, así que eché a correr sin saber muy bien a dónde.

Llegue a la parada donde siempre bajaba para ir a casa. Tenía la intuición de que aquel lugar era el indicado. Para mi sorpresa había un papel en el suelo con la misma letra que tenía la carta que recibí. Lo cogí y lo leí.
"Genial, eres muy lista. Regresa al callejón y terminemos con esto."
Mi fin se acercaba. Debí de haber hecho caso a mi madre porque ella solo pretendía ayudarme. Como siempre, me asusté al oír mi móvil sonar.
- ¿Diga?
- Buenas. ¿Es usted la hija de Margaret Graupner?
No hay palabras para describir el alivio que sentí al oír que no era él.
- Sí, soy yo.
- Lamentamos informarle de que su madre ha fallecido.
- ¿Qué?- sollocé horrorizada- ¿Pero qué ha ocurrido?
- Al parecer le han clavado un tenedor.
Intenté hacer uso de la pequeña serenidad que me quedaba.
- Está bien, gracias por informarme. ¿Qué debo hacer ahora?
- Espérese hasta mañana. Le llamaremos cuando haya información.
- Vale, hasta luego.
- Hasta luego, y no se preocupe.
Se acabó. Aquello ya era la gota que colmaba el vaso. Si hace un par de minutos no quería vivir, ahora deseaba no haber nacido nunca. En cuestión de poquísimo tiempo mi vida había cambiado por completo. Me quedé con la mirada fija en ninguna parte. La única razón que me quedaba para vivir, la única persona que de verdad me comprendía ya no estaba. Ahora tendría que vivir con ese alcohólico descerebrado. Sin poder evitarlo mis ojos se humedecieron y comenzaron a emanar lágrimas sin cesar. Mi llanto era lo único que se escuchaba y rompía el silencio en aquella avenida desértica.

Volví hacia casa, tenía que hacerlo. Mi casa era el único lugar, con mi madre o sin ella, en el que me creía a salvo. Mientras caminaba sentí que alguien me seguía. Aligeré el paso, pero acabé corriendo como una loca. No podía resistir a mirar atrás, así que me giré rápidamente. Genial, había alguien. La oscuridad no me permitía ver de quién se trataba. Se acercó un poco.
- Hola, Jane. Volvemos a encontrarnos.
- ¿Cómo que volvemos a encontrarnos? ¡Si eres tú el que me está siguiendo!
- Te sigo porque te haces seguir. ¿Últimas palabras?
Perfecto. El inútil que me había disparado volvía a la carga. Esta vez si que era el fin.
- ¿Pero quién eres? ¿Y por qué me quieres matar?
- Pues porque te odio, básicamente. Y creo que deberías saber quién soy.
En ese momento se me ocurrió que podía distraerle para quitarle su arma. Después de todo las cosas no podían marchar peor.
- ¿Que debería saberlo? Pues no lo sé. Pero qué tonta qué soy.
- ¿Me estás vacilando, niña?
- No, no. Qué va. ¡Oh, mira! ¡La policía! Se acabó, te han pillado.
En cuanto giró la cabeza me abalancé sobre él y le arrebaté su arma. Rápidamente retrocedí y le apunté a la cara. Llevaba pasamontañas, así que no logré reconocerlo. Me temblaban las manos.
- ¡Te disparo! ¡Te juro que lo hago!
- ¡Jane, no lo hagas! ¡Te arrepentirás de ello toda la vida!
- ¿Acaso te arrepentiste tú cuando decidiste joderme la vida? ¿Lo hiciste?
Entonces disparé. Le disparé al corazón para que se retorciera del dolor, para que sufriera como él me hizo sufrir. Se cayó al suelo pero no se movió ni agonizó. Le había matado. Al contrario de lo que me había dicho segundos antes, no me arrepentía de nada. Me acerqué a él y le quité el pasamontañas porque había llegado la hora de verle el rostro. Al principio no le reconocí, pero tras unos segundos de observación descubrí su identidad.
Había matado a Royce Williams, a mi padre. Pero, ¿por qué me quería matar? Daba lo mismo. Ahora lo único en lo que pensaba era en una enorme sensación de venganza y orgullo increíbles. Mientras disfrutaba del momento esa venganza se transformó en arrepentimiento. Mis pensamientos cambiaron radicalmente. Después de todo, era mi padre. En el fondo me quería. Él no me odiaba, en realidad todo aquello era por culpa del alcohol. Ahora sí que no me quedaba nada, ahora sí que estaba sola de verdad. Se me ocurrió hacer algo de lo que estaba completamente segura que no me iba a arrepentir.
Cogí el arma, me apunté a la cara y apreté el gatillo.

-NN.