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viernes, 15 de febrero de 2013

Mátame.

Salía de mi actuación en el teatro Broadhurst. Eran las siete y media de un 14 de diciembre y el cielo se encontraba más oscuro de lo habitual. Mi móvil sonó y no me dio tiempo a cogerlo. Vi que había sido mi madre, que me había llamado 18 veces. La llamé y respondió con rapidez.
- ¡Jane!- me gritó sollozando- ¿Dónde estás?
- ¡Mamá, tranquila! ¡Estoy bien!
Una señora que pasaba por mi lado en aquel instante me miró sorprendida al escuchar mis gritos.
- ¿Hoy tenías la actuación? Es verdad, lo siento hija. Esto es por culpa de tu padre, me tiene enferma.
- Bueno, ahora hablamos mamá. Llegaré lo antes posible.
- Vale, hija.
- ¿Está papá en casa?
- No, aún no ha vuelto y no me coge el teléfono. En fin, hasta ahora. Te quiero.
- Adiós mamá, te quiero.
Colgué y me senté en la parada del autobús. Aquella tarde la ciudad tenía un aspecto fantasmagórico. Me quedé pensando en mi padre, Royce Williams, un alcohólico obsesivo. Hace años, mis padres tuvieron una fuerte discusión. Mi madre le echó de casa y, tras unos días, él volvió disculpándose. Ella le perdonó, pero el ya había comenzado con su adicción. Ya no era el mismo hombre que era antes. Salía de casa por la tarde y no volvía hasta horas muy altas de la noche, pero eso no era lo peor. Había adquirido un odio muy extraño hacia mí. A veces me miraba y, cuando yo le devolvía la mirada, el mantenía sus ojos clavados en los míos, como retándome. Me pareció un poco patético al principio, pero la situación ya estaba tornándose un tanto desesperante.
Estaba tan ensimismada en mis pensamientos que no me di cuenta de que el autobús ya había llegado. Tuve suerte porque subí justo antes de que se fuera.
- Un billete, por favor.
- Aquí tienes. ¿Qué hace una chica como tú aquí, a estas horas?
- Lo siento, pero no es asunto suyo.
Cogí el ticket y me dirigí a los últimos asientos. No entendía por qué algunas personas podían llegar a ser tan cotillas. Diez minutos después llegué a la parada más cercana a mi barrio. Aún me quedaba un buen rato andando ya que mi casa se encontraba en la periferia de la ciudad. Así que cogí un atajó por un callejón. Aquel lugar nunca me había producido buenas vibraciones, pero merecía la pena ir por allí. De repente una voz masculina me gritó:
- ¡Eh, niñata! ¿Qué haces en mi calle? ¡Sal corriendo o te disparo!
Eché a correr, pero el hombre se encontraba delante de mí con un arma en la mano.
- ¡Se acabó! No te aguanto más. ¡Te he avisado!
Mientras hablaba apretó el gatillo. Cuando quise echar a correr de nuevo, ya era demasiado tarde. La bala había atravesado mi pecho, haciéndolo sangrar. Empezó a dolerme todo el cuerpo y los pulmones no me permitían coger aire. No podía respirar. Dejé de sentir las piernas y acabé perdiendo el equilibrio. Los oídos me pitaban y se me nublaba la vista. Tras unos segundos de terrible agonía, perdí el conocimiento y me quedé allí tirada en el suelo. Sola. En medio de un sucio callejón.

Desperté en una sala verde de aspecto bastante tétrico. Mis brazos estaban llenos de agujas y tubos por los que discurrían una infinidad de líquidos. A mi alrededor había por lo menos diez máquinas que producían ruidos extraños cuya función desconocía. Justo en ese momento entró una mujer con bata blanca y unos papeles en la mano. Detrás entró una mujer rubia con expresión de preocupación. Mi madre. La chica de la bata salió y nos dejó solas.
- ¡Hola, cariño!- dijo sonriendo y acariciándome el pelo.
De pronto recordé todo lo que estaba ocurriendo. El desgraciado que me disparó...
- Tu padre no ha venido. Le conté lo ocurrido y pareció no importarle.
En ese momento entró una doctora.
- Señora, véngase conmigo. Tiene que rellenar unas cosas.
- Por supuesto, doctora.- ahora se dirigió a mí- Descansa mucho, ¿eh?
Le sonreí y asentí con la cabeza. No quería hablar con nadie, así que cerré los ojos e intenté dormirme. Me habría encantado que aquel imbécil me hubiera matado porque yo ahora estaría descansando en paz. Pero no, mi estupenda suerte me dejó malherida y sufriendo por su culpa.

Tras tres meses de pruebas y comidas de hospital me dieron el alta. Aunque parezca extraño me habría quedado toda la vida allí. En un hospital vives seguro, sin miedo a que alguien te pegue un tiro o te clave una navaja. Allí siempre hay alguien dispuesto a ducharte, a darte de comer o incluso a mullir la almohada de tu cama. Ahora no estaba bajo esa seguridad, ahora estaba a merced del peligro.
Al contrario que yo, mi madre era la mujer más feliz del mundo. Solo le faltaba caminar dando saltitos. Subimos al coche y, como de costumbre, ella rompió el silencio.
- ¡Bueno, Jane! Supongo que estarás harta de esa bazofia de hospital, así que te voy a hacer uno de tus platos favoritos... ¡Arroz con setas!
- ¡Genial!- dije intentando parecer feliz- Gracias, tú sí que sabes hacerme feliz.
- Pues claro que sí. Soy tu madre, ¿cómo puedes dudarlo?
- No, no dudo. No me comas.- reí fingiendo de nuevo.
- ¡Mira! Ya estamos en casa.
Bajamos del coche y llegamos a la puerta. Crucé los dedos para que mi padre no estuviera, pero allí se encontraba. En "su sofá". Ni me saludó, ni una simple sonrisa. Ni se limitó a mirarme. Se había convertido en una persona repugnante. Casi le odiaba.
- Mamá, me voy a mi cuarto.
- Vale, Jane. Te aviso cuando te haya hecho la comida. Y mira en tu cajón, te ha llegado correo.
¿Me había llegado correo? Qué raro. Me metí en la habitación y cerré el cerrojo. No me encontraba segura con ese alcohólico cerca. Abrí el cajón de mis cosas y cogí el sobre que estaba encima de mi diario. Examiné la letra del sobre, pero no logré reconocer nada. Lo abrí con cuidado y saqué la carta, arrugada y con los bordes doblados.
"Tuviste suerte la primera vez. No esperes sobrevivir a la segunda. Adiós."
Me quedé helada. Aquel que me disparó conocía mi dirección. Aquello me pareció demasiado y estuve a punto de llamar la policía para terminar con esa pesadilla. Pero primero necesitaba una ducha relajante. Me encerré en el baño, me desnudé y me metí en la ducha. Encendí el grifo y me puse debajo del agua caliente. Permanecí inmóvil unos minutos hasta que la ducha empezó a causarme claustrofobia. Salí y me puse una toalla. Mientras me estaba secando sentada en el suelo, mi móvil empezó a sonar. Lo cogí.
- ¿Diga?
- Jane, querida. ¿Eres tú?
Aquella voz me resulto extrañamente familiar. Tan profunda, tan grave... Daba miedo.
- Sí, soy yo. ¿Qué ocurre? ¿Quién eres?
- No ocurre nada. Y no te voy a decir quién soy... Adivínalo.
- Mira, si estás intentando vacilarme te aviso de que no tiene ninguna gracia.
- Mira, niñata. A mí me hablas con respeto. ¿Me vas a escuchar o qué?
Me senté en el suelo de nuevo, temblando.
- Sí, yo le escucho.
- Jane, yo... Te conozco más de lo que crees, muchísimo más. Como supondrás si eres un poquito espabilada, yo soy el que te disparó. Solo te llamo para avisarte de que la segunda vez que nos encontremos no correrás la misma suerte que la primera.
Me quedé mirando al vacío. No sabía qué hacer.
- ¿Y usted qué quiere de mí?- sollocé- ¿Por qué me hace esto?
Demasiado tarde, había colgado. Se acabó, iba a dar cara a ese inútil. ¿No se daba cuenta del daño que me estaba causando? Tenía que averiguar quién era esa persona. Iba a poner fin definitivamente a esta pesadilla. Pero el primer problema era hacer que mi madre me dejara salir. Fui a la cocina planeando lo que iba a decir. Mi madre me miró y me dijo:
- Cariño, no tengo setas. No puedo hacerte el arroz.
- No pasa nada, no te preocupes. Por cierto, ¿podría salir un momento a la calle?
Tardó unos segundos en contestar, lo que me puso un poco nerviosa, pero por fin me respondió.
- No sé, está oscureciendo. Y me da miedo que te pase algo.
Mientras pensaba en qué excusa darle para que me dejara, alguien muy poco usual me defendió. Ese hombre que se hacía llamar "mi padre".
- Margaret, ¿por qué no dejas de ser tan paranoica? ¡Deja salir a la pobre muchacha!
Mi madre puso cara de pocos amigos y le dedicó una mirada de rivalidad. Los dos parecían muy dispuestos a enzarzarse en algo que acabaría en bronca.
- ¡Yo no soy ninguna paranoica! ¡Y deja de llevarme la contraria en todo! Me tienes harta, joder.
- ¡Aquí la única persona harta soy yo! ¡Porque estoy harto de ti! No entiendo como tienes así a la niña, sin libertad. ¡Das asco!
- No des la vuelta a las cosas, Royce. Solo intento protegerla.
- Entonces no la dejas, ¿no? Pues la dejo yo. Jane, sal si quieres.
Hay momentos en los que uno no sabe de qué lado ponerse. Pero tuve que hacer caso a mi "padre" y salir, a pesar de que me doliera en el alma. Desde la calle podía percibirse el ambiente de tensión procedente de mi casa y se escuchaban los gritos de la discusión. Si me quedaba allí acabaría volviendo, así que eché a correr sin saber muy bien a dónde.

Llegue a la parada donde siempre bajaba para ir a casa. Tenía la intuición de que aquel lugar era el indicado. Para mi sorpresa había un papel en el suelo con la misma letra que tenía la carta que recibí. Lo cogí y lo leí.
"Genial, eres muy lista. Regresa al callejón y terminemos con esto."
Mi fin se acercaba. Debí de haber hecho caso a mi madre porque ella solo pretendía ayudarme. Como siempre, me asusté al oír mi móvil sonar.
- ¿Diga?
- Buenas. ¿Es usted la hija de Margaret Graupner?
No hay palabras para describir el alivio que sentí al oír que no era él.
- Sí, soy yo.
- Lamentamos informarle de que su madre ha fallecido.
- ¿Qué?- sollocé horrorizada- ¿Pero qué ha ocurrido?
- Al parecer le han clavado un tenedor.
Intenté hacer uso de la pequeña serenidad que me quedaba.
- Está bien, gracias por informarme. ¿Qué debo hacer ahora?
- Espérese hasta mañana. Le llamaremos cuando haya información.
- Vale, hasta luego.
- Hasta luego, y no se preocupe.
Se acabó. Aquello ya era la gota que colmaba el vaso. Si hace un par de minutos no quería vivir, ahora deseaba no haber nacido nunca. En cuestión de poquísimo tiempo mi vida había cambiado por completo. Me quedé con la mirada fija en ninguna parte. La única razón que me quedaba para vivir, la única persona que de verdad me comprendía ya no estaba. Ahora tendría que vivir con ese alcohólico descerebrado. Sin poder evitarlo mis ojos se humedecieron y comenzaron a emanar lágrimas sin cesar. Mi llanto era lo único que se escuchaba y rompía el silencio en aquella avenida desértica.

Volví hacia casa, tenía que hacerlo. Mi casa era el único lugar, con mi madre o sin ella, en el que me creía a salvo. Mientras caminaba sentí que alguien me seguía. Aligeré el paso, pero acabé corriendo como una loca. No podía resistir a mirar atrás, así que me giré rápidamente. Genial, había alguien. La oscuridad no me permitía ver de quién se trataba. Se acercó un poco.
- Hola, Jane. Volvemos a encontrarnos.
- ¿Cómo que volvemos a encontrarnos? ¡Si eres tú el que me está siguiendo!
- Te sigo porque te haces seguir. ¿Últimas palabras?
Perfecto. El inútil que me había disparado volvía a la carga. Esta vez si que era el fin.
- ¿Pero quién eres? ¿Y por qué me quieres matar?
- Pues porque te odio, básicamente. Y creo que deberías saber quién soy.
En ese momento se me ocurrió que podía distraerle para quitarle su arma. Después de todo las cosas no podían marchar peor.
- ¿Que debería saberlo? Pues no lo sé. Pero qué tonta qué soy.
- ¿Me estás vacilando, niña?
- No, no. Qué va. ¡Oh, mira! ¡La policía! Se acabó, te han pillado.
En cuanto giró la cabeza me abalancé sobre él y le arrebaté su arma. Rápidamente retrocedí y le apunté a la cara. Llevaba pasamontañas, así que no logré reconocerlo. Me temblaban las manos.
- ¡Te disparo! ¡Te juro que lo hago!
- ¡Jane, no lo hagas! ¡Te arrepentirás de ello toda la vida!
- ¿Acaso te arrepentiste tú cuando decidiste joderme la vida? ¿Lo hiciste?
Entonces disparé. Le disparé al corazón para que se retorciera del dolor, para que sufriera como él me hizo sufrir. Se cayó al suelo pero no se movió ni agonizó. Le había matado. Al contrario de lo que me había dicho segundos antes, no me arrepentía de nada. Me acerqué a él y le quité el pasamontañas porque había llegado la hora de verle el rostro. Al principio no le reconocí, pero tras unos segundos de observación descubrí su identidad.
Había matado a Royce Williams, a mi padre. Pero, ¿por qué me quería matar? Daba lo mismo. Ahora lo único en lo que pensaba era en una enorme sensación de venganza y orgullo increíbles. Mientras disfrutaba del momento esa venganza se transformó en arrepentimiento. Mis pensamientos cambiaron radicalmente. Después de todo, era mi padre. En el fondo me quería. Él no me odiaba, en realidad todo aquello era por culpa del alcohol. Ahora sí que no me quedaba nada, ahora sí que estaba sola de verdad. Se me ocurrió hacer algo de lo que estaba completamente segura que no me iba a arrepentir.
Cogí el arma, me apunté a la cara y apreté el gatillo.

-NN. 

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